El Derecho a la Ciudad
EL PECADO DE DAÑAR A LA NATURALEZA
Rosenda Aguilar Aguilar y Salvador García Espinosa
Hace poco más de una semana, el Papa León XIV, a través de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano publicó el documento “Cuidando nuestra casa común: una respuesta responsable y fraterna al Dios Trinitario”. Este hecho adquiere relevancia por tres cuestiones: la primera es que da continuidad a la encíclica Laudato Si, que en 2015 elaboró el Papa Francisco para llamar y proteger el medio ambiente (al que llamó nuestra “Casa Común”), la segunda, porque la publicó la misma semana en que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió que el objetivo del Acuerdo de París de mantener el calentamiento global por debajo de 1.5 °C está condenado al fracaso.
El tercer asunto es que establece que la relación del ser humano con la naturaleza (en términos ecológicos) es una dimensión constitutiva de la relación con el Dios Creador. Es decir, en términos de teología cristiana, el ser humano tiene la responsabilidad específica de cuidar la creación de conformidad con el plan divino. De esta manera, el nuevo documento expone que la naturaleza no está presente sólo para satisfacer las necesidades humanas, sino para ser resguardada responsablemente por esta criatura especial que somos nosotros.
Respecto a lo anterior hay que resaltar que el manejo responsable no se ha producido en mucho tiempo; es evidente que la actual crisis ecológica y social a la que actualmente nos enfrentamos es resultado de una visión antropocéntrica, depredadora e irresponsable dirigida por la avaricia humana.
Por tanto, desde el Vaticano se establece que actualmente no sólo se requieren soluciones científicas y tecnológicas sino también un cambio en los principios para que los humanos reconozcamos la urgente necesidad de una espiritualidad ecológica.
En ese orden de ideas, se propone definir el pecado ecológico como una acción u omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el medio ambiente. Así, actos y hábitos de contaminación y destrucción de la armonía ambiental, transgresiones contra los principios de interdependencia y ruptura de las redes de solidaridad entre las criaturas y contra la virtud de la justicia se consideran un pecado contra las generaciones actuales y futuras. Textualmente el documento señala: “Es necesario, por lo tanto, comprender que existe un grave pecado contra el medio ambiente natural que pesa sobre nuestra conciencia y que implica una seria responsabilidad ante Dios Creador”.
Entonces, en un mundo sobrecalentado por sus habitantes humanos, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de responsabilidad, mientras que el establecimiento de la figura del pecado ecológico representa una posibilidad para reconocer el grito de la Tierra y de los más pobres quienes son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación, la destrucción oceánica y la contaminación. Escuchar esos gritos nos podría reconducir a caminos de justicia ambiental, social, económica y antropológica.
Si consideramos que en la actualidad hay en el mundo aproximadamente 1,406 millones de católicos y tan sólo en México hay poco menos de 98 millones de quienes profesan esta religión (representando el 77% de los mexicanos), se esperaría que por tratarse de un exhorto del máximo jerarca de la Iglesia se pueda iniciar un cambio significativo en los hábitos y modo de vida de millones de habitantes del Planeta.
El documento invita a unirnos en el cuidado de esta maravillosa casa común que habitamos, reconociendo que nuestra presencia en ella no se debe a la casualidad o azar sino a que se nos ha confiado para su cuidado.
Adicionalmente, y más allá de cuestiones teológicas, con esta postura católica los activistas medioambientales podrían reconocer en la Iglesia Católica Romana un aliado valioso que está dialogando con visiones científicas, reconociendo sus aportes y buscando crear redes que consoliden los mismos objetivos de sustentabilidad de la casa común.
Finalmente, nuestra recomendación es que no se prive de la oportunidad de leer tan interesante texto y de reflexionar acerca de la espiritualidad ecológica propuesta.